El viernes 14 de octubre de 1977 fue un día histórico. El Congreso de los Diputados debatió la proposición de Ley de Amnistía, presentada conjuntamente por los grupos parlamentarios de Unión de Centro Democrático, Socialista del Congreso, Comunista, de la Minoría Vasco-Catalana, Mixto y Socialistes de Catalunya. El resultado de la votación fue: 317 votos emitidos, 296 afirmativos, 2 negativos, 18 abstenciones y 1 nulo. Consta en el diario de sesiones que el resultado fue celebrado con “fuertes y prolongados aplausos de los señores Diputados puestos en pie”. La Ley entró en vigor el 17 de octubre de 1977, día en que fue publicada en el Boletín Oficial del Estado, firmada por el Rey Juan Carlos y el Presidente de las Cortes, Antonio Hernández Gil.
La Ley establecía que quedaban amnistiados “todos los actos de intencionalidad política, cualquiera que fuese su resultado, tipificados como delitos y faltas realizados con anterioridad al día quince de diciembre de mil novecientos setenta y seis”, más “todos los actos de la misma naturaleza” realizados entre dicha fecha y el 15 de junio de 1977 “cuando en la intencionalidad política se aprecie además un móvil de restablecimiento de las libertades públicas o de reivindicación de autonomías de los pueblos de España”, así como “todos los actos de idéntica naturaleza e intencionalidad” realizados hasta el 6 de octubre de 1977 “siempre que no hayan supuesto violencia grave contra la vida o la integridad de las personas”.
Dicha Ley es uno de los dos pilares de nuestra democracia. Si el otro, la Constitución de 1978, es su pilar jurídico, la Ley de Amnistía es su pilar moral. Al amnistiar todos los actos de intencionalidad política “cualquiera que fuese su resultado” los representantes elegidos por los españoles estaban firmando, 41 años después del infausto verano del 36, un tratado de paz entre los españoles de todas las tendencias políticas que apostaban por un régimen democrático de convivencia. La guerra había terminado.
Los diputados que votaron esa ley no eran ni ignorantes ni amorales ni cobardes. Eran conscientes de que estaban amnistiando crímenes en algunos casos horrendos (algunos de ellos además muy recientes); y dichos crímenes no les resultaban indiferentes, entre otras cosas porque muchos de ellos habían sido sus víctimas directas o indirectas; ni actuaron por un miedo insuperable a nada, salvo al fracaso en el intento de construir y legar a las futuras generaciones un régimen político en el que todos pudieran defender sus posiciones políticas en paz y en libertad.
Por aquellos años se representó en Madrid la obra de Manuel Azaña La velada en Benicarló, que terminaba con el célebre llamamiento de su autor: “paz, piedad, perdón”. Los legisladores constituyentes entendieron que este llamamiento a la paz, la piedad y el perdón era un imperativo ético cuyo cumplimiento debía ser el punto de partida del proceso constituyente. Porque si importante era la letra de la Ley, más todavía lo era, si cabe, su espíritu, que todos los diputados que la defendieron hicieron explícito (y que hicieron suyo incluso representantes de los partidos que se abstuvieron).
Y, por si alguien duda de mi interpretación del espíritu que animaba a los diputados que aprobaron la ley de Amnistía, cito, por orden de intervención, a todos los portavoces parlamentarios que hablaron en su favor en esa histórica sesión.
Quiero señalar que la primera propuesta presentada en esta Cámara ha sido precisamente hecha por la Minoría Parlamentaria del Partido Comunista y del P.S.U.C. el 14 de julio y orientada precisamente a esta amnistía. Y no fue un fenómeno de la casualidad, señoras y señores Diputados, es el resultado de una política coherente y consecuente que comienza con la política de reconciliación nacional de nuestro Partido, ya en 1956.
Nosotros considerábamos que la pieza capital de esta política de reconciliación nacional tenía que ser la amnistía. ¿Cómo podríamos reconciliarnos los que nos habíamos estado matando los unos a los otros, si no borrábamos ese pasado de una vez para siempre?
Para nosotros, tanto como reparación de injusticias cometidas a lo largo de estos cuarenta años de dictadura, la amnistía es una política nacional y democrática, la única consecuente que puede cerrar ese pasado de guerras civiles y de cruzadas. Queremos abrir la vía a la paz y a la libertad. Queremos cerrar una etapa; queremos abrir otra. Nosotros, precisamente, los comunistas, que tantas heridas tenemos, que tanto hemos sufrido, hemos enterrado nuestros muertos y nuestros rencores. Nosotros estamos resueltos a marchar hacia adelante en esa vía de la libertad, en esa vía de la paz y del progreso. (Marcelino Camacho, Partido Comunista de España, Grupo Parlamentario Comunista)
Si nos preguntamos en que consiste fundamentalmente la amnistía queda claro que, después de lo que he dicho, se trata del espíritu de paz que anima al poder no autoritario aplicado a la liquidación de situaciones históricamente superadas.
En estos momentos tiene la amnistía su máximo sentido y, dentro de este cuadro, en la situación española actual, la amnistía que hace tanto tiempo pedimos, por la que tanto tiempo hemos luchado, alcanza su máximo sentido: reconciliación nacional, paz entre los españoles, entendimiento pleno entre los pueblos de España y el Estado, el sosiego moral de cuantos han vivido la larguísima y penosa posguerra, que se ha extendido durante los cuarenta años últimos, se liquide definitivamente por el ejercicio de la práctica del poder soberano de amnistiar, que emana en este caso de un Parlamento elegido por el pueblo.
Es indudable que si esta proposición se convierte en ley supondrá, si es que inmediatamente se ponen en funcionamiento una serie de medidas legales derogatorias de la legislación política anterior, la superación de la dictadura, que tenía enfrentadas a las ideologías políticas puestas en paralelo de enemigos violentos, para acceder a la categoría de adversarios políticos, y, en cierto sentido, normalizar lo que es práctica política habitual en los países democráticos. (Donato Fuejo, Partido Socialista Popular, Grupo Parlamentario Mixto)
En las diversas acepciones señaladas en el articulado de la ley, este acto, el de la promulgación de la amnistía, es el inicio de una nueva era de confianza. Una nueva era de confianza en el futuro; confianza en poder resolver en el Parlamento las diferencias políticas, y confianza en la adopción de fórmulas que fortalezcan el entendimiento y la solidaridad entre los pueblos de España, sin que ello suponga restar autonomía e identidad propia a las regiones y nacionalidades que pretendan asumirlas. (…)
La amnistía, en esta perspectiva, no sólo cierra una etapa de un régimen que agotó todas sus posibilidades, sino que da paso a la etapa de transfomación democrática que ya vivimos y de la que es un elemento importante e indispensable, y, como tal, se presenta al Congreso y al pueblo, por consiguiente, con el apoyo más o menos entusiasta de casi todos los Grupos políticos presentes en este Congreso; con el apoyo, por tanto, de la gran mayoría de los que aquí representamos la voluntad popular que libremente se expresó el 15 de junio.
Esto, señoras y señores Diputados, es muy importante; es lo que da más fuerza al contenido de esta amnistía, por encima de sus limitaciones, por encima de los temores que haya podido suscitar y como respuesta a la esperanza que sobre nosotros depositaran nuestros electores. (Josep María Triginer, Partit dels Socialistes de Catalunya-PSOE, Grupo Parlamentario Socialistes de Catalunya)
Para nadie es un secreto que esta Ley de Amnistía es producto de opciones políticas diferentes. Pero si alguna insuficiencia tiene, posee el indudable valor de ser una amnistía en la que casi todas las fuerzas políticas de esta Cámara -¡ojalá fueran todas!- tienen la voluntad de enterrar un pasado triste para la Historia de España y de construir otro diferente sobre presupuestos distintos, superando la división que ha sufrido el pueblo español en los últimos cuarenta años. (José María Benegas, Partido Socialista Obrero Español, Grupo Parlamentario Socialista del Congreso)
Para nosotros la amnistía no es un acto que atañe a la política, atañe a la solución de una situación difícil, en la que de alguna manera hay que cortar de un tajo un nudo gordiano. Es simplemente un olvido, como decía el preámbulo de nuestra ley, una amnistía de todos para todos, un olvido de todos para todos. Porque hay que recordar, aunque sea -y así lo desearía- por última vez, que aquí nos hemos reunido personas que hemos militado en campos diferentes, que hasta nos hemos odiado y hemos luchado unos contra otros. Y esto que pasa en este hemiciclo, donde se sientan gentes que han padecido largos años de cárcel y de exilio junto a otros que han compartido responsabilidades de gobierno y de Gobiernos que causaron esos exilios o esas cárceles, es la imagen de la realidad de nuestra sociedad.
Y si nosotros somos representantes y cauce de esa sociedad, hemos de ser también el ejemplo de la misma con nuestro mutuo olvido. (…)
Tenemos que hacernos eco aquí de las preocupaciones y de los problemas de nuestros pueblos, de nuestra sociedad, y llegar a un acuerdo, con todos los intercambios y comprensiones que haga falta. En la medida en que dejemos intereses personales, e incluso intereses de partidos, a los que tan proclives son determinados tipos de democracias, iremos creando la auténtica amnistía, la auténtica convivencia. Esta Cámara ha de ser, desde hoy, garante de esta transformación; si no, no tiene sentido. De otro modo, este valioso acto, valioso de verdad, que hoy estamos llevando a cabo, quedará reducido a un gesto vacío de buena voluntad. (Xabier Arzallus, Partido Nacionalista Vasco, Grupo Parlamentario de las Minorías Catalana y Vasca)
Ocurre, sin embargo, que en la amnistía, sustancialmente, una decisión política constituye una medida necesaria en determinados momentos de la historia de los pueblos, especialmente de aquellos cuyo periplo vital como colectividad se singulariza por acusadas oscilaciones, y en todos los casos creemos que la amnistía es necesaria siempre que se persiga construir algo nuevo. Siempre que se persiga sentar las bases de una nueva convivencia, y hoy nosotros, todos nosotros y otros muchos que no toman asiento en los escaños de las Cortes, estamos tratando de hacer realidad una vieja y sentida aspiración que jamás ha llegado a echar sólidas raíces en la Historia de España: la definitiva institucionalizsción de un Estado democrático de Derecho, que ampare la libertad de todos y en el que todos, en el respeto a los demás, lleguen a encontrar su sitio. La amnistía es el presupuesto ético-político de la democracia, de aquella democracia a la que aspiramos que, por ser auténtica, no mira hacia atrás, sino que, fervientemente, quiere superar y trascender las divisiones que nos separaron y enfrentaron en al pasado. Queremos, en suma, que la democracia, cuya instauración perseguimos, no sea de nadie en particular, sino de todos los españoles, para que todos puedan sentirse partícipes en su alumbramiento. Sólo así nacerá con autoridad moral y con autoridad política, sin riesgos de parcialidad; sólo así también podrá asentarse sobre bases firmes y echar raíces; sólo así, finalmente, quedarán al margen de la libertad todos aquellos que voluntariamente se marginen por sus recursos y metodos violentos injustificables e inadmisibles y sobre los que las nuevas instituciones democráticas, después de esta amnistía, y con todo el peso de la autoridad que le confiere el respaldo popular, habrán de pronunciar su más firme, tajante y enérgica condena.
La U.C.D., con este propósito, asume la amnistía que hoy vamos a votar, y con ella recoge, como propia, la bandera de una reconciliación imprescindible, necesaría y profundamente deseable reconciliación, cuya pleinitud de significación habrá de producirse cuando culmine el proceso de modificación y adaptación a las leyes que esta Cámara está destinada a impulsar y concluir.
La amnistía nos permite a todos, creo que absolutamente a todos, mirar al futuro con dignidad; de ahí que tenga pleno sentido que la decisión adopte la forma de una proposición de ley. Es decir, que su incorporación al ordenamiento jurídico se produzca cono iniciativa de estas Cortes democráticas. Por eso hemos querido sumarnos y contribuir al propósito de otros grupos políticos. Nosotros, en nuestra calidad de Grupo Parlamentario, reconocemos, como es lógico, el esfuerzo hecho hasta ahora por el Gobierno para cubrir los primeros pasos de la transición, pero, al propio tiempo, tenemos lia firme convicción de que para poner un punto final es preciso el más amplio consenso sobre el tema de la amnistía. Por eso hemos querido estar presentes en la elaboración final de una proposición de ley conjunta. (…)
La U.C.D., en consecuencia, apoya sin reservas esta amnistía, en la convicción profunda de que cointribuirá a superar definitivamente una cuestión cuya solución no puede demorarse por más tiempo, en la convicción tambien de que contribuirá a dotar al naciente Estado democrático de la solidez y de la fortaleza precisas para afrontar nuestro inmediato porvenir con esperanza y con autoridad. (Rafael Arias-Salgado, Unión de Centro Democrático, Grupo Parlamentario de Unión de Centro Democrático)
¡O tempora, o mores!
Quiero señalar que la primera propuesta presentada en esta Cámara ha sido precisamente hecha por la Minoría Parlamentaria del Partido Comunista y del P.S.U.C. el 14 de julio y orientada precisamente a esta amnistía. Y no fue un fenómeno de la casualidad, señoras y señores Diputados, es el resultado de una política coherente y consecuente que comienza con la política de reconciliación nacional de nuestro Partido, ya en 1956.
Si nos preguntamos en que consiste fundamentalmente la amnistía queda claro que, después de lo que he dicho, se trata del espíritu de paz que anima al poder no autoritario aplicado a la liquidación de situaciones históricamente superadas.
En las diversas acepciones señaladas en el articulado de la ley, este acto, el de la promulgación de la amnistía, es el inicio de una nueva era de confianza. Una nueva era de confianza en el futuro; confianza en poder resolver en el Parlamento las diferencias políticas, y confianza en la adopción de fórmulas que fortalezcan el entendimiento y la solidaridad entre los pueblos de España, sin que ello suponga restar autonomía e identidad propia a las regiones y nacionalidades que pretendan asumirlas. (…)
Para nadie es un secreto que esta Ley de Amnistía es producto de opciones políticas diferentes. Pero si alguna insuficiencia tiene, posee el indudable valor de ser una amnistía en la que casi todas las fuerzas políticas de esta Cámara -¡ojalá fueran todas!- tienen la voluntad de enterrar un pasado triste para la Historia de España y de construir otro diferente sobre presupuestos distintos, superando la división que ha sufrido el pueblo español en los últimos cuarenta años. (José María Benegas, Partido Socialista Obrero Español, Grupo Parlamentario Socialista del Congreso)
Para nosotros la amnistía no es un acto que atañe a la política, atañe a la solución de una situación difícil, en la que de alguna manera hay que cortar de un tajo un nudo gordiano. Es simplemente un olvido, como decía el preámbulo de nuestra ley, una amnistía de todos para todos, un olvido de todos para todos. Porque hay que recordar, aunque sea -y así lo desearía- por última vez, que aquí nos hemos reunido personas que hemos militado en campos diferentes, que hasta nos hemos odiado y hemos luchado unos contra otros. Y esto que pasa en este hemiciclo, donde se sientan gentes que han padecido largos años de cárcel y de exilio junto a otros que han compartido responsabilidades de gobierno y de Gobiernos que causaron esos exilios o esas cárceles, es la imagen de la realidad de nuestra sociedad.
Ocurre, sin embargo, que en la amnistía, sustancialmente, una decisión política constituye una medida necesaria en determinados momentos de la historia de los pueblos, especialmente de aquellos cuyo periplo vital como colectividad se singulariza por acusadas oscilaciones, y en todos los casos creemos que la amnistía es necesaria siempre que se persiga construir algo nuevo. Siempre que se persiga sentar las bases de una nueva convivencia, y hoy nosotros, todos nosotros y otros muchos que no toman asiento en los escaños de las Cortes, estamos tratando de hacer realidad una vieja y sentida aspiración que jamás ha llegado a echar sólidas raíces en la Historia de España: la definitiva institucionalizsción de un Estado democrático de Derecho, que ampare la libertad de todos y en el que todos, en el respeto a los demás, lleguen a encontrar su sitio. La amnistía es el presupuesto ético-político de la democracia, de aquella democracia a la que aspiramos que, por ser auténtica, no mira hacia atrás, sino que, fervientemente, quiere superar y trascender las divisiones que nos separaron y enfrentaron en al pasado. Queremos, en suma, que la democracia, cuya instauración perseguimos, no sea de nadie en particular, sino de todos los españoles, para que todos puedan sentirse partícipes en su alumbramiento. Sólo así nacerá con autoridad moral y con autoridad política, sin riesgos de parcialidad; sólo así también podrá asentarse sobre bases firmes y echar raíces; sólo así, finalmente, quedarán al margen de la libertad todos aquellos que voluntariamente se marginen por sus recursos y metodos violentos injustificables e inadmisibles y sobre los que las nuevas instituciones democráticas, después de esta amnistía, y con todo el peso de la autoridad que le confiere el respaldo popular, habrán de pronunciar su más firme, tajante y enérgica condena.

Voy a mandar esto a mas de uno y mas de dos. La transición sería imperfecta, pero su espíritu rozó la perfección.
Me quito el sombrero. No se puede decir más claro, ni resumir mejor el espíritu de la transición. Lástima de descerebrados que no van a parar hasta que se lo carguen, con el trabajo, sudor y sangre que costó.
Muchas gracias, qué buen trabajo.
[...] homenaje reproduzco a continuación (de nuevo, porque ya lo hice en otro artículo de este blog: Por la amnistía/Amnistiaren alde) unos fragmentos de una intervención suya en uno de los momentos más trascendentales de la [...]