Rosa Díez ha dicho, en declaraciones a diversos medios (Onda Cero, COPE), que el último comunicado de ETA “huele a muerto”. Y, en efecto, huele a muerto. Primero, por lo que dice ella: porque termina, como siempre, amenazándonos a todos. Pero también porque la que cada vez huele más a cadáver es la propia ETA. Y ese olor a descomposición intranquiliza a más de uno. Sucede como con los dictadores. Cuando un dictador empieza a oler mal, quienes piensan que tienen algo que perder con su desaparición suelen intentar disimular el hedor. Y cuando ya ni eso es posible, procuran prolongar la agonía al máximo, con una crueldad que ni las víctimas de la dictadura hubieran practicado contra su victimario. El motivo de tan inhumano comportamiento es, por un lado, tratar de rebañar las últimas migajas del botín y, por otro, ganar tiempo para reubicarse y evitar entrar en los nuevos tiempos con el paso demasiado cambiado.
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