De entre los muchos argumentos esgrimidos contra la energía nuclear, hay uno que nunca he escuchado. A saber, que las centrales nucleares actuales son un absurdo porque pretenden obtener energía de la fisión nuclear, es decir, de la división del núcleo del átomo. Pero átomo viene del latín atomum, que a su vez proviene del griego átomon, que significa “sin partes”, luego la mera idea de escindir un átomo es una contradicción en los términos. Por supuesto, la razón por la que nadie ha esgrimido semejante argumento es que es manifiestamente falaz. Concretamente, es un ejemplo extremo de lo que se conoce como falacia etimológica.
Otro ejemplo de esta falacia, en este caso real, es la insistencia en apelar a la etimología de la palabra “matrimonio” o a la definición actual de dicha palabra en el diccionario de la RAE para oponerse al matrimonio entre personas del mismo sexo. Esta falacia es el argumento favorito de quienes defienden la variante más pintoresca de la oposición al matrimonio homosexual. Me refiero a la que no se opone al matrimonio en sí, es decir, a la institución, sino al hecho mismo de que se denomine matrimonio. De todas las opiniones sobre esta controvertida cuestión (más controvertida entre la clase política y los opinadores de los medios que en la sociedad española), esta es sin duda la más extraña, pues no se opone a que las parejas homosexuales tengan reconocimiento legal ni a que dicho reconocimiento implique los mismos derechos y las mismas obligaciones que el matrimonio heterosexual. Lo único a lo que se opone es a que tal unión se llame matrimonio.
Hay quien piensa que las uniones homosexuales no deberían tener reconocimiento legal o que, si lo tuvieran, este no debería implicar los mismos derechos y obligaciones que las uniones matrimoniales. Quienes así piensan son también contrarios a que ambos tipos de uniones se denominen de la misma manera. Lógico, puesto que llamar a instituciones distintas con el mismo nombre no puede sino ser fuente de confusión. A lo que no veo lógica ninguna es a defender que se llame de manera distinta a la misma institución. Porque si dos uniones implican los mismos derechos y obligaciones para los contrayentes entre sí y para los contrayentes y el resto de la sociedad, es que, sencillamente, se trata de la misma institución. Y tan ilógico como usar el mismo nombre para instituciones diferentes es usar nombres distintos para la misma institución.
De hecho, los partidarios de la objeción lingüística al matrimonio homosexual están a la vez a favor y en contra de dicho matrimonio: están a favor del matrimonio homosexual en sí, pero están en contra de que se le llame matrimonio. Algo así como si yo no quiero tener un gato, pero acepto tener uno en casa siempre que lo llamemos perro.
En fin, estos son los líos absurdos en los que el Partido Popular se mete él solito, o en los que sus dirigentes dejan que lo metan instituciones muy respetables pero de cuya tutela y vigilancia un partido democrático del siglo XXI debería haberse emancipado hace tiempo. Claro que para hacerlo el PP tendría que superar el síndrome crónico de Peter Pan que le impide ejercer de mayor de edad y emanciparse de una maldita vez.


Muy buen razonamiento. Todos sabemos que detrás de esa cuestión terminológica está el intento de ocultar una realidad y es que a determinados sectores de la derecha española le salen “ronchas” cuando el tema a tratar es el de los homosexuales y sus derechos. No se atreven a rechazarlo abiertamente y por eso usan las palabras para perderse entre ellas. Así evitan hablar de temas como la adopción, por ejemplo.
Me ha gustado tu artículo Lástima que luego en tu partido haya personajes como Alavaro Pombo que en el programa Los desayunos de TVE en noviembre de 2011 dijo que esa palabra “referida al ámbito gay me da risa”. O sea, que parece que no es sólo el PP.
Un saludo
Sí, en mi partido hay muchas personas, entre otras, grandes escritores como Álvaro Pombo con una trayectoria de defensa de las libertades de todos y pionero en la reivindicación de la igualdad en tiempos muy oscuros y difíciles. También sucede que en mi partido hay una posición oficial clara sobre este asunto, lo que no impide que se respete el derecho de los afiliados a discrepar de ella. En particular Álvaro Pombo tiene unas ideas sobre la institución matrimonial en las que el matrimonio homosexual no encaja que tiene derecho a expresar cuando se lo preguntan, aunque sea una opinión que no compartimos ni yo ni mi partido. De todos modos, no me consta que hay utilizado la falacia etimológica justificar su opinión. Y decir, como dicen algunos, que el hecho de que no esté a favor del matrimonio homosexual lo convierte en homófobo es uno de esos disparates que tanto abundan en la política española.