Una familia no muy bien avenida parecía empezar a normalizar sus relaciones, pero esa normalización topó con el escollo de la enfermedad de uno de sus miembros. En un primer momento la dolencia se atribuyó al estrés de las tensiones precedentes, que, por alguna razón, muchos pensaban que habían resultado particularmente traumáticas para el enfermo. La mayoría confió por ello en que iría poco a poco remitiendo de forma espontánea. Pero la enfermedad no solo no remitía, sino que se iba agravando. En este punto surgieron discrepancias entre los familiares sobre la terapia a seguir. Algunos defendían las terapias convencionales, otros optaban por terapias alternativas de diversos tipos, convencidos como estaban o decían estar de que las convencionales eran contraproducentes. No faltaron tampoco los escépticos que se resignaron a que la enfermedad se cronificara; era, pensaban, algo con lo que, simplemente, debían acostumbrarse a convivir y de cuya posible curación optaron por desentenderse.
Con el paso del tiempo, la situación se fue volviendo insoportable. Las terapias alternativas parecían tener el efecto perverso de agravar la enfermedad, por lo que cada vez más parientes empezaron a insistir en la necesidad de aplicar los remedios convencionales con todas las consecuencias, asumiendo los riesgos que ello pudiera comportar. No fue fácil, pero, a base de perseverancia y sacrificio, la enfermedad empezó por primera vez a remitir, hasta el punto de que, por fin, la curación parecía posible. Llegó incluso un momento en el que el tratamiento había producido resultados tan halagüeños que una recaída parecía poco verosímil.
En este punto sucedió algo curioso. Los partidarios de las terapias alternativas, que a estas alturas parecían haber caído en el olvido, se las apañaron para convencer de su bondad a buena parte de la parentela. Sorprendentemente, consiguieron que se fueran poco a poco rebajando las dosis de quimioterapia hasta niveles mínimos y que se fueran suspendiendo las operaciones previstas. Y se reanudaron los tratamientos alternativos hasta entonces fracasados. Los médicos y enfermeros fueron apartados del caso y su lugar fue ocupado por todo tipo de chamanes, santeros y gurús, entre ellos algunos llegados de lejanas tierras. Por fortuna, las terapias convencionales ya habían hecho su trabajo y la enfermedad estaba suficientemente debilitada, por lo que ni la suspensión de los tratamientos ortodoxos ni la reanudación de los pseudotratamientos provocaron un recrudecimiento visible de la enfermedad.
De hecho, muchos se apresuraron a pedir el alta definitiva, ante la alarma de los médicos y enfermeros, temerosos de las posibles consecuencias de la interrupción del tratamiento. “¡Ahora que casi lo habíamos conseguido!”, se lamentaban, “¿Por qué no nos dejan terminar la labor?”. Mientras tanto, los nuevos terapeutas celebraban lo que parecía una inminente curación definitiva como un éxito de sus tratamientos alternativos y como la prueba de lo desencaminados que estaban los partidarios de los remedios convencionales. Y no les salió mal la jugada, porque fueron muchos los que se dejaron persuadir por la superstición de atribuir a los conjuros de chamanes, santeros y gurús los resultados pacientemente logrados por médicos y enfermeros a base de dietas rigurosas, medicación continuada y cirugía a veces arriesgada.
¿Cómo pudo ser tan exitosa semejante superstición? Muy simple: había demasiada gente con demasiadas ganas de aferrarse a ella, aunque fuera contra toda evidencia. Unos porque llevaban demasiado tiempo apostando por las terapias alternativas y no estaban dispuestos a admitir de buen grado que los hechos estropearan sus teorías. Otros porque llevaban demasiado tiempo cuidándose muy mucho de complicarse la vida y desentendiéndose del enfermo, la enfermedad y sus consecuencias. Ni los unos ni los otros veían la hora de darle el alta al paciente de cualquier manera de una puñetera vez. Si además podían ponerse la medalla todavía mejor. Y, si, de paso, podían convencerse a sí mismos y convencer a los demás de que lo habían logrado a pesar de los que durante años se sacrificaron por combatir la enfermedad, a menudo corriendo graves riesgos personales, mejor que mejor.
Churchill dijo, refiriéndose a los pilotos de la RAF cuando Gran Bretaña luchaba en solitario contra una Alemania nazi a la que se había rendido toda Europa, que nunca tantos habían debido tanto a tan pocos. No sé si esos pocos recibieron el reconocimiento que merecían por parte de los muchos que tanto les debían. Sí confío en que, al menos, nunca tuvieran que padecer la humillación escuchar que el nazismo fue derrotado a pesar de ellos.


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