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Francisco de Goya, Alegoría de la Constitución de 1812
(Bueno, al parecer el cuadro no es en realidad una alegoría de la Pepa, pero es chulo.)
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Share Francisco de Goya, Alegoría de la Constitución de 1812 (Bueno, al parecer el cuadro no es en realidad una alegoría de la Pepa, pero es chulo.) Share Hoy se celebra el aniversario de la Constitución Española de 1978. O sea, el documento aprobaron las Cortes Españolas y los ciudadanos españoles en referéndum y que ha proporcionado a los españoles el periodo de mayor libertad, igualdad y prosperidad de nuestra historia moderna. Una Constitución de la que algunos pensamos que, décadas después de su aprobación, debería reformarse en algunos aspectos para corregir los déficits democráticos que a nuestro juicio presenta nuestro régimen político. Pero que debe ser respetada y celebrada como lo que es: la fuente de legitimidad de nuestras instituciones democráticas. Lo lógico sería que los líderes políticos fueran los primeros que, al menos durante un día, pasaran sus discrepancias a un segundo plano y escenificaran su acuerdo en aquello que nos une y que es la condición de posibilidad de que esas mismas discrepancias puedan expresarse y debatirse de manera civilizada. Pero no. Algunos no han [...] Share El grabado de la izquierda se titula “El entierro de los serviles”. “Serviles” era como los liberales llamaban despectivamente a quienes apoyaron la decisión de Fernando VII de abolir la Constitución de 1812 (”la Pepa”) y gobernar como monarca absoluto. Y a quienes más tarde apoyaron la invasión de los cien mil hijos de San Luis que puso fin al trienio liberal. No se me ocurre un calificativo más adecuado que “serviles” para quienes, al grito de “¡Vivan las caenas!”, proclamaban su deseo de convertirse en súbditos de un gobernante que no se sometía a más leyes que las de su santísima voluntad. En este fin de legislatura estamos asistiendo a un verdadero recital de servilismo. Tras el poco edificante espectáculo de nuestros diputados y senadores votando una reforma constitucional por la vía de apremio, el presidente de Cataluña declara que no piensa hacer ni caso a las sentencias judiciales [...]
El argumento (por llamarlo de alguna manera) del partido del gobierno y sus incondicionales ha sido que la situación era muy grave y no había otra manera de restablecer la normalidad. Punto. No se han molestado en intentar rebatir las razones por las que prestigiosos expertos en derecho constitucional han denunciado la ilegalidad de la medida. Mucho menos en analizar las posibles consecuencias de que el decreto de estado de alarma sea declarado nulo por los tribunales. A los argumentos constitucionales y legales, el Gobierno se limita contraponer la máxima de que el fin justifica los medios. En cuanto a las consecuencias que pueda tener la ilegalidad de su declaración, no parece que le preocupen en lo más mínimo. Ya improvisará algo cuando llegue el momento. Ahora lo que toca es sacar pecho y alardear de gónadas. Como en el caso del GAL, se trata de imponer el falso dilema, maniqueo y demagógico, entre apoyar todo lo que el gobierno decida, sea o no legal, o ser cómplice de los malos. En tiempos de Aznar, se denunció que unos inmigrantes irregulares expulsados de España habían sido drogados contra su voluntad. Se trataba de una presunta violación grave de la legislación española en materia de Derechos Humanos. Aznar ni siquiera intentó desmentir la información o justificar legalmente la medida. Toda su explicación se redujo a un lacónico “había un problema y se ha resuelto”. Y ya ven, ha sentado cátedra.
Por supuesto que son culpables y deben ser castigados quienes, como los controladores aéreos que abandonaron sus puestos, recurren a formas ilegales de chantaje. Y por supuesto que el Gobierno debe adoptar todas las medidas legales necesarias para defender los derechos de los ciudadanos frente a los abusos de quienes se ponen la legalidad por montera y tratan de utilizarlos como rehenes. Lo que no se sigue de lo anterior es que quienes recurran al chantaje ilegal, sea para defender privilegios o para defender la más noble de las causas, sean necesariamente los únicos culpables. Por el contrario, es de primer curso de constitucionalismo que el fin no justifica los medios y que, por ello, si un Gobierno viola la ley, es también culpable. Ni siquiera para plantar cara a chantajes intolerables vale todo. También son culpables los gobernantes que recurren a medidas ilegales, aunque sea para hacer frente a quienes chantajean al Estado, sean estos empleados públicos que abandonan sus puestos de trabajo, miembros de organizaciones terroristas o piratas.
La Ley establecía que quedaban amnistiados “todos los actos de intencionalidad política, cualquiera que fuese su resultado, tipificados como delitos y faltas realizados con anterioridad al día quince de diciembre de mil novecientos setenta y seis”, más “todos los actos de la misma naturaleza” realizados entre dicha fecha y el 15 de junio de 1977 “cuando en la intencionalidad política se aprecie además un móvil de restablecimiento de las libertades públicas o de reivindicación de autonomías de los pueblos de España”, así como “todos los actos de idéntica naturaleza e intencionalidad” realizados hasta el 6 de octubre de 1977 “siempre que no hayan supuesto violencia grave contra la vida o la integridad de las personas”. Dicha Ley es uno de los dos pilares de nuestra democracia. Si el otro, la Constitución de 1978, es su pilar jurídico, la Ley de Amnistía es su pilar moral. Al amnistiar todos los actos de intencionalidad política “cualquiera que fuese su resultado” los representantes elegidos por los españoles estaban firmando, 41 años después del infausto verano del 36, un tratado de paz entre los españoles de todas las tendencias políticas que apostaban por un régimen democrático de convivencia. La guerra había terminado.
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Share Unión Progreso y Democracia se quedó solo en el Congreso. Fue el único partido que votó no a la admisión a trámite del nuevo Estatuto de Castilla-La Mancha. Y no lo hizo por motivos localistas. La razón por la que votó no su diputada Rosa Díez, una vizcaína elegida por la circunscripción de Madrid, fue su convicción de que la gestión del agua es una cuestión de Estado y por lo tanto debe ser competencia del Gobierno de la nación. UPyD, una vez más, se quedó solo en su rebelión frente a los intentos de los partidos nacionalistas, el PSOE y el PP de modificar el modelo territorial definido en la Constitución por la puerta trasera de las reformas estatutarias. Hubo otros dos votos en contra, de dos diputados “desobedientes”. Pero el voto de Rosa Díez fue rebelde, no desobediente. Al contrario, fue totalmente disciplinado con las decisiones de la dirección de [...] |
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